Pertenezco a la generación X, alcancé a la máquina de escribir y ahora me debato entre la tecnología y la nostalgia, abriéndome paso entre mis estudiantes (nativos digitales todos) y un entorno que utiliza cada vez más la inteligencia artificial para complementar (o reemplazar) sus actividades a todo nivel, pero si existe un área donde estas aseveraciones se vuelven críticas, es el área en la que me desenvuelvo: la escritura.
Recuerdo mi primer contacto con Chat GPT hace 4 años: un directivo del colegio en el que trabajaba, mostraba un poema hecho en cuestión de segundos por el nuevo milagro de la nueva era, me sentí amenazado, quizá por la influencia de películas como Matrix y Terminator, pero también sentí que algo se rompía, que el mundo no sería igual, como cuando las computadoras llegaron para quedarse masivamente en los 90s.
Como toda herramienta tecnológica, su uso tiene 2 caras. La IA puede iluminar un reporte con ideas nuevas o puede ensombrecer una tesis reemplazando la labor de un estudiante. Y a pesar de que su uso depende de cada individuo, la tentación de ahorrarse trabajo puede alcanzar niveles que rayan en el engaño.
En el área específica de los guiones y la literatura, la IA todavía tiene un gran punto débil: carece de humanidad, pero estoy seguro que es cuestión de tiempo para que esos pequeños defectos se vayan subsanando hasta ser imperceptibles. Mi experiencia propia también tiene 2 caras: el entusiasmo al ahorrar horas de trabajo recopilando ideas, títulos, hechos históricos y la decepción al constatar la frialdad, superficialidad con la que se cuentan las historias.
Hoy, todavía la IA necesita mucho de la intervención humana para perfeccionarse, pero en pocos años, la situación podría cambiar de forma dramática. Por mi lado, sigo escribiendo románticamente con mi laptop, en las cafeterías llenas de historias, aislado de la avalancha tecnológica, tejiendo relatos a lo bruto, con “pico y pala”. Quizá sea la presa fácil, lejos de la manada, a merced de un depredador que acecha desde un prompt.
Por: Msc. Ernesto Landín
